El cuento de la navidad


Un año más llega la Navidad y los escaparates se llenan de dulces y regalos, los precios de casi todo se disparan y engalanamos las calles y plazas con motivos navideños, aunque ahora esté de moda obviar los religiosos. Sin embargo, de una forma u otra su espíritu nos engulle, nos volvemos mejores por unos días, valoramos la amistad, perseguimos momentos memorables con nuestras familias y amigos, intercambiamos con ellos nuestros mejores deseos, comemos y bebemos como si no hubiera un mañana y luego todo lo olvidamos hasta el año próximo.
La vida es eso, una serie de hechos que se suceden de forma lineal sobre un anillo mientras envejecemos, una máquina perfecta que siglo tras siglo, desde que existe el hombre, antes incluso de que éste inventara los dioses para explicarse así mismo lo inexplicable, gira y gira.
Ahora ya no miramos al cielo ni para saber si está nublado, nos lo dice el móvil, pero durante muchísimos siglos fue una fuente infalible de sabiduría. Nuestros ancestros leían en él todo lo que tenían que saber para mantener la especie, las bases de nuestra existencia inicial: las normas que nos avisaban de cuando teníamos que emigrar y hacia dónde debíamos caminar para encontrar lugares más templados, manadas mejor alimentadas o la vegetación más ubérrima. Siglos después, mirando al cielo sabíamos cuándo debíamos sembrar, cuándo cosechar o cuándo la pesca sería más productiva; todo estaba y está escrito en él.
La realidad es que éste se repite eón tras eón, milenio tras milenio, siglo tras siglo y año tras año desde mucho antes que llegara la vida, el hombre, o éste empezara a contar las vueltas que le daba al Sol.
Vueltas que cada civilización cuenta desde el punto de la trayectoria que más le conviene. En nuestro caso, el mundo occidental, descendiente legítimo del Imperio Romano lo hace desde la referencia del hemisferio Norte al principio de su invierno, cuando las noches son más largas por hallarse la tierra en uno de los extremos del eje mayor de la elipse que describe en torno al Sol, el perihelio. En ese lugar el eje de la tierra, que lleva inclinado respecto al plano que circunscribe su trayectoria varios millones de años antes de que hubiera vida sobre la tierra, queda orientado hacia el exterior de la bóveda celeste y oculto a los rayos de nuestro astro Rey, estos sólo rozan la tierra tangencialmente en el Círculo Polar Ártico antes de perderse en el éter, por lo que nuestra parte del globo no recibe su luz tantas horas como en el verano, quedando todo el polo Norte a oscuras durante varias semanas. Ese instante también se llama solsticio de invierno y la noche es la más larga del año.
Los granjeros romanos, que no sabían nada de esto, atribuían los cambios de luz a una guerra entre el Sol, Saturno para ellos, el Dios pagano de la agricultura y la cosecha, y la oscuridad. Por supuesto apoyaban al primero decorando sus casas con plantas y velas durante los días previos a la batalla final, la noche más larga. Evidentemente siempre ganaba el primero y los días empezaban a alargar hasta el afelio o solsticio de verano (noche de San Juan). Pero esa larga noche, aprovechando la ventaja de las tinieblas, los agricultores se desinhibían, preparaban banquetes y se hacían regalos mientras bebían junto a sus patronos; no en vano los graneros estaban llenos y eso contribuía a cierto optimismo que invitaba a la dispersión. Por supuesto también le daban las gracias orándole desde su templo.
Con los siglos el Imperio Romano se convirtió al catolicismo, una religión monoteísta que se había inventado un tal Saulo de Tarso (Pablo) unos doscientos años antes para quitar poder a los judíos, y que al emperador Constantino le vino como anillo al dedo para unir a su pueblo, aunque tuvo que adaptar la obra a la de los dioses paganos que hasta ese momento adoraban sus súbditos y mantener sus atávicas costumbres (concilio de Nicea).
Fue así como donde los viejos romanos celebraban el nacimiento del nuevo sol, los nuevos empezaron a celebrar el nacimiento de Jesús, suceso que Pablo había situado originalmente en primavera —¿No se han preguntado nunca por qué en Belén los pastores dormían al raso y los peces saltaban en los ríos que corrían frescos y cristalinos? En Cisjordania en invierno las temperaturas son muy bajas y algunos ríos se congelan—.
Tres siglos después de Constantino, cuando ya hacían 1278 años de la fundación de Roma —los años aún se contaban desde ese evento— El Papa Juan I encargó a un monje, Dionisio el Exiguo, que hiciera los cálculos necesarios para saber cuántos años hacía que había nacido Jesucristo. La única referencia histórica que tenía el erudito matemático era que aquel personaje había muerto durante el reinado de Herodes I el Grande. Partiendo de ese dato llegó a la conclusión de que su nacimiento tuvo que suceder 525 años antes, 753 después de la fundación de la ciudad eterna por Rómulo y Remo, y situó ahí el año uno de la era cristiana, no el cero, y por supuesto a finales de diciembre, durante la Saturnada.
De todos modos se había equivocado, estudios posteriores lo situaron hacia el 748 de la cuenta romana, o sea entre 4 y 5 años antes de Cristo, de su era, pero para el caso es lo mismo. Feliz Navidad.
Antonio Marchal-Sabater.

Acerca de Marchal-Sabater

Pseudónimo del escritor murciano nacido el 6 de agosto de 1964. En los años ochenta ingresó en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado e inmediatamente fue asignado a los servicios de información, circunstancia que le llevó a ser testigo de numerosos acontecimientos de la transición, en diferentes lugares de la geografía española: País Vasco, Cataluña o Madrid. En algunas de sus novelas refleja parte de ese pasado, describiendo algunos hechos tal y como sucedieron y otros adaptándolos a la trama, sin desvirtuar la realidad. En su currículo cuenta con varios premios literarios, como el del certamen de micro-crímenes de Falsaria 2012 y el 2º premio de relatos cortos organizado por el Ayuntamiento de Lorquí (Murcia), dentro de la celebración de la II Semana Cultural 2013. Autor de: El Valle de las Tormentas; Bajo la Cruz de Lorena; y Oiz 1985. La sombra de la sospecha. Dasha, Epitafio para un extraño.
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